Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

DÍA 19

Seis años después, habiendo pasado por un deshielo de conocimiento personal y por el transitar de las pasiones en diferentes carreras, Coraima y yo vinimos a dar en un museo. Había conocido a Coraima en el año en que estudié Historia, antes de darme cuenta de que mi rumbo era la filología: lo que pasó durante los seis años después todos lo hemos vivido: altibajos, dudas, certezas y, finalmente, la honda satisfacción de hacer lo que uno ama. Nadie pudo pronosticar que Coraima y yo íbamos a reencontrarnos en este centro que es ya nuestra casa. Escribo estas líneas y ya me estoy despidiendo. La despedida es solo un símbolo romántico, un símbolo de lo perdido. Pero nada se pierde y nada se gana. Se vive y se hace con la vida lo que se puede. Hoy concluye mi paso por el museo. Le decía esta mañana a Angélica que no es lo mismo pasar por el museo de visita que conocerlo desde dentro. La idea que se hace el viajante es apenas ver la fachada de la casa en la que vivimos los que trabajamos dentro. Me llevo la gratitud inmensa de haber vivido un mes como un año, y la certeza de que de alguna manera ya estoy marcado para siempre por el hierro padroniano. Quiero dar las gracias a todos los que hicieron amena agradable y flexible esta estancia. Los cafés con Blanca, las risas con mi querida y reencontrada Coraima, la amistad de Heriberto Herrera, y la disposición de César Ubierna, cabeza matraquillenta y manojo de nervios del reino padroniano; por nombrar sólo a algunos de tantos bienhechores. Gracias y hasta pronto. Nos vemos en el Alcori.

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