Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

Día 2

La Calle Larga de Gáldar es como un viejo león que cada mañana se despereza lanzando su particular saludo, un rugido suave y potente que emana tibios rayos de luz que se reflejan en las casas a través de esta cristalera. Las calles empedradas asisten a las sombras chinescas de los primeros vecinos, que si van en comunidad van haciendo aspavientos con las manos por alguna discusión imposible para mí, y si van en solitario llevan la cabeza agachada en la posible meditación crucial del nuevo día. Todo esto me llega cuando la cortina metálica del museo Antonio Padrón se levanta piadosamente. Yo, que tantas cortinas he abierto a lo largo de mi vida, cuyas auroras calientes me han avisado de que algo se acababa, siempre presentí que cada muerte conlleva su propio nacimiento. Sin embargo, nunca pude saber que algún día iba a estar de este lado de la cortina, como un guía de museo. A un lado la calle, a otro lado una realidad paralela. La del arte. Cómo se puede apreciar la armonía de la supuesta realidad si no es por esas pequeñas intensas fugas que nos ofrece el arte. Cómo poder vivir sin convicciones, sin sueños buscados, el cuadro grotesco que es nuestra vida. En mi caso, difícilmente puedo separar estas dos fronteras. La realidad se me agolpa tan desorbitada que se me va cocinando en un caldo insufrible para la razón, para toda lógica. Ayer vino un visitante que quería ver explícitamente las trillas, una serie de obras de Antonio Padrón. Después de hablarlo con mi compañera Lali, el visitante metódico supo que esa colección no se encontraba ahora mismo en el museo. Qué tristeza en sus ojos, qué ansiedad reventada… Pero de la llanura interrogante de esta pequeña decepción, nuestro soñador visitante recobró en seguida su aliento inquebrantable y me dijo que vendría otro día para ver el museo con calma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *