Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

DÍA 4

Hay lugares que no admiten la palabra. Quiero decir que a veces uno se siente cansado de hablar, porque en esos momentos hablar no va añadir o a restar nada al silencio que nos fabricamos. También sucede que el lenguaje es precario y poco eficaz. ¿Cómo describes tú las vivencias que te ocurren en un tiempo donde no existe el pasado ni el futuro, solo un presente inabarcable? Un museo suele ser ese tipo de sitios. Suele provocar ese tipo de situaciones. El habla a veces se convierte en un estorbo que pone una barrera entre un momento sagrado y los ojos del que lo contempla. Aunque no lo tengo delante ahora mismo, pienso en un guardián del silencio que en mi memoria es inseparable de la familia de este museo. La palabra no me alcanza para dejar aquí una semblanza de Padilla, el eterno vigilante, el guardián no del centeno sino de la fuente y los pasillos. Padilla, con sus ojos de gato en alerta vigilando la noche padroniana, Padilla estirando las piernas para ir a tomar café. Padilla saludándome con su sonrisa socarrona, Padilla atento a las cámaras… Hoy me acordé de Padilla. No sé muy bien por qué, si es que me vino con el silencio o si Padilla es el silencio.

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