Diario de un guía de museo que quiere ser visitante

Día 9

Imagínense a una mujer canadiense que queda viuda en Cádiz y que, cansada de lluvias y recuerdos de un accidente con secuelas en la vista, decide quitar el ancla, soltar amarras y mudarse a Canarias con su perro. Aquí decide probar suerte durante tres meses hasta que una pandemia la obliga a hacer cuarentena en la capital. Cuando sale a la calle se reúne con un cubano y una colombiana, simpático trío cuyo encuentro es inconcebible, trazado por los ángeles que tejen y destejen las desgracias y los amores con la misma seriedad. Imaginen que esta señora canadiense nos habla de su asombro imprevisto y de una curiosidad sin precedentes por una cultura canaria de la que no tenía ni idea. A esta mujer la conocí esta mañana, y mientras le contaba la vida de Antonio Padrón ella me contaba a mí la suya, mezclando pareceres de unos y otros sin discriminación, sin orden, como suele ocurrir en los diálogos improvisados. Me sentenció con unos profundos ojos azules que el paraíso canario de arenas y hoteles era solo la superficie de una realidad más amplia y tan difícil de abarcar como de conocer. Con un español aprendido a golpes de sorpresa, me dijo «Oh, esta Canarias hay que conocerla, no es como la de los bares y los hoteles».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *