Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

Día 10

«Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.»

(Antonio Machado)

La química de la que se componen los diarios, la materia testimonial, inevitablemente está hecha de soledades, de un soliloquio largo y monótono como un rosario. Al igual que en la oración, en el diario uno intenta encontrar fe para ver alguna luz durante el viaje o al final de él. Este cristal de soledades está, naturalmente, en cualquier experiencia artística. El descubrimiento y la implicación de uno en un proceso creativo es el rito de iniciación hacia niveles mayores de comunicación y de empatía. Así es como se entienden los procesos históricos, la solidaridad, la comunidad. En la obra artística de Padrón hay la conciencia de una voz que va desde la soledad hacia la vida común.

Habitado por las soledades, yo me he debatido durante mucho tiempo entre el espacio físico y el espiritual. Creía, y en parte sigo creyendo, que los nacionalismos encogen el alma y achican libertades. No es así en el arte. El arte me ha revelado otro mundo que he buscado fuera del espacio que me rodea. Y por los ojos del arte he resucitado. Ahora camino por los campos altos de Gáldar y veo tuneras, en otra parte strelitzias (ave del paraíso, flor de pájaro) que antes no veía. El arte además de crear otro mundo nos revela otras vías de este. Los caminos que se transitan en la vida artística no son diferentes de los caminos de la vida espiritual. La dedicación a la sensibilidad está premiada por Dios en lo más hondo de la conciencia. Ahí están el cielo o el infierno.

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