Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

Día 1

He llegado a Gáldar muy temprano, casi no estaban las calles puestas. No he tenido la claridad de la paz interior hasta ahora, que no hay nervios ni inquietudes. Mientras me tomo un café en la plaza recuerdo esa canción hermosa que se llama «un bolero para Gáldar, hermosa tierra norteña» y la tarareo. He tratado de estudiar sin éxito porque el arte cuando nos duele por dentro no se estudia, cierra la puerta a los académicos, el arte cuando duele es porque se siente. De modo que es mejor decir que he tratado de acercarme a Antonio Padrón de un modo humano. Y el resultado es que me he reconocido brutalmente en su mundo lleno de fantasmas. En las niñas de las mariposas se da el alma a un espectador que debe acoger el testigo de la transformación espiritual, pero sobre todo se siente como un legado terrible el peso de preguntarse «¿qué miran los ojos de Padrón?» No hablo de los ojos con los que creó este mundo sin tiempo sino de los ojos de sus personajes. Ojos desorbitados, ojos que han reconocido la verdad en la luz del sol. Trato de buscar en estos ojos la luz de los míos, y me pregunto hasta cuándo Antonio querrá hacerme sentir responsable de que estas dos niñas que han entregado su vida con una belleza y un desapego insoportables para los poetas, se hayan vaciado los ojos para que sea menos terrible el paso sin tiempo de la vida de la muerte.

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