1. La lluvia III. Dunia Sánchez Padrón

LA LLUVIA

Dunia Sánchez Padrón

Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza. Miramos el crepúsculo como quien observa los pajarillos en la maravilla de su revoloteo y su trinar ante la venida de la lluvia ¡Oh la lluvia! Estamos uno frente al otro, el otro frente al uno. Tu hombre de la tierra. Tu mujer de la tierra. Arrimados a las súplicas de nuestras tierras que se secan, que se agrietan en las desavenencias, en la tiranía, a veces, de la madre tierra. Nuestros ojos oscuros mirando las luces del amanecer, nuestros brazos tendidos a un cielo que no nos escucha.  La sequía responde. Sí, responde rajando gargantas que al filo de la siembra la empobrece, la enferma. Y la noche ha pasado. Y mis manos danzan con las pinceladas geométricas de la desesperación ¡Qué será de nosotros querida! ¡Qué será de nosotros querido!  No hay que apegarse a nada. Sí, la nada… la nada encubriendo nuestras oraciones. El cielo no atiende. El cielo no escucha. Las nubes pesadas de agua se ahuyentan con el maleficio de algún desgraciado ¡Oh, la lluvia! Y voy a la echadora de cartas. Y vamos a la echadora de cartas, ella nos dirá del mañana. Mujer de los rezos oscuros tira las cartas ¿Vendrá la lluvia? Ella con el desgarro de voz paciente enlazada a la calma y una mirada segura, firme. Vendrá la lluvia, vendrá con su corpulenta sencillez y humildad y vuestros campos reverdecerán. El día está soleado, el día sin más comienza con una brisa fresca. El viento del norte. El viento del norte traerá las nubes grises y alimentará vuestras tierras. Cantad, cantad a la lluvia. Cantad, cantad para que huyan los campos yermos. Cantad, cantad… Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza ¡Lluvia! ¡lluvia! Ven hasta aquí con la suavidad de tu tacto, de tu caricia surcando nuestra hambruna. Tememos nuestros vientres vacíos. Tememos que la enfermedad se apodere de este pueblo, de nuestros hijos. La precariedad, la pena nos invade con sus cuchillos, con los gallos cantando al son de la muerte… de la muerte ¡Ay! Dime echadora de cartas si tendremos un mañana. Sí, un mañana donde nuestras barrigas, nuestras bocas puedan alimentarse ¡Ahuyenta la desgracia! ¡Aleja las penas! Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza.

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